EL Cuervo (extracto)

Edgar Allan Poe (Boston, 1809 – Baltimore, 1849)
Una vez, al filo de una lúgubre media noche,
mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido,
inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia,
cabeceando, casi dormido,
oyóse de súbito un leve golpe,
como si suavemente tocaran,
tocaran a la puerta de mi cuarto.
“Es —dije musitando— un visitante
tocando quedo a la puerta de mi cuarto.
Eso es todo, y nada más.”
¡Ah! aquel lúcido recuerdo
de un gélido diciembre;
espectros de brasas moribundas
reflejadas en el suelo;
angustia del deseo del nuevo día;
en vano encareciendo a mis libros
dieran tregua a mi dolor.
Dolor por la pérdida de Leonora, la única,
virgen radiante, Leonora por los ángeles llamada.
Aquí ya sin nombre, para siempre.
Y el crujir triste, vago, escalofriante
de la seda de las cortinas rojas
llenábame de fantásticos terrores
jamás antes sentidos.  Y ahora aquí, en pie,
acallando el latido de mi corazón,
vuelvo a repetir:


“Es un visitante a la puerta de mi cuarto
queriendo entrar. Algún visitante
que a deshora a mi cuarto quiere entrar.
Eso es todo, y nada más.”
Ahora, mi ánimo cobraba bríos,
y ya sin titubeos:
“Señor —dije— o señora, en verdad vuestro perdón
imploro,
mas el caso es que, adormilado
cuando vinisteis a tocar quedamente,
tan quedo vinisteis a llamar,
a llamar a la puerta de mi cuarto,
que apenas pude creer que os oía.”
Y entonces abrí de par en par la puerta:
Oscuridad, y nada más.
Escrutando hondo en aquella negrura
permanecí largo rato, atónito, temeroso,
dudando, soñando sueños que ningún mortal
se haya atrevido jamás a soñar.
Mas en el silencio insondable la quietud callaba,
y la única palabra ahí proferida
era el balbuceo de un nombre: “¿Leonora?”
Lo pronuncié en un susurro, y el eco
lo devolvió en un murmullo: “¡Leonora!”
Apenas esto fue, y nada más.
Vuelto a mi cuarto, mi alma toda,
toda mi alma abrasándose dentro de mí,
no tardé en oír de nuevo tocar con mayor fuerza.
“Ciertamente —me dije—, ciertamente
algo sucede en la reja de mi ventana.
Dejad, pues, que vea lo que sucede allí,
y así penetrar pueda en el misterio.
Dejad que a mi corazón llegue un momento el silencio,
y así penetrar pueda en el misterio.”
¡Es el viento, y nada más!
De un golpe abrí la puerta,
y con suave batir de alas, entró
un majestuoso cuervo
de los santos días idos.
Sin asomos de reverencia,
ni un instante quedo;
y con aires de gran señor o de gran dama
fue a posarse en el busto de Palas,
sobre el dintel de mi puerta.
Posado, inmóvil, y nada más.
Entonces, este pájaro de ébano
cambió mis tristes fantasías en una sonrisa
con el grave y severo decoro
del aspecto de que se revestía.
“Aun con tu cresta cercenada y mocha —le dije—,
no serás un cobarde,Cuervo2
hórrido cuervo vetusto y amenazador.
Evadido de la ribera nocturna.
¡Dime cuál es tu nombre en la ribera de la Noche Plutónica!”
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

De las versiones que se han hecho de este clásico poema hay dos que sean tal vez las más conocidas: la protagonizada en el año 1963  por el gran Vincent Price, con su locura siempre a flor de piel, interpretando al personaje llamado Erasmus Craven y  que dirige Roger Corman (The masque of red death, Frankenstein unbound). Esta versión es bastante libre aunque siguiendo la línea del texto original.  La otra, por supuesto, la de los Simpsons, originalmente puesta al aire en Octubre de 1990 en la segunda temporada de la serie, y en la que Homero da vida al atormentado protagonista:  el cuervo, que llega a posarse al dintel de Palas, no podía ser otro que Bart. ¿Qué habría pensado Poe de ambas adaptaciones? ¿Cuál habría preferido?
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El extraño

 

Arbolesmustios

Alberto estaba de vuelta en el parque, como ayer, como todos los días desde hace dos años, siempre en las tardes tras salir del trabajo. En sus manos la infaltable bolsa de semillas de girasol, que arrojaba a las palomas que se le acercaban cada vez con menos desconfianza. Gente caminando, parejas tomadas de la mano, niños chillando, riendo, corriendo tras pelotas, andando en bicicleta, despreocupados, felices, ajenos a todo.  El calor del verano era soportable gracias a la brisa fresca que se paseaba a sus anchas por el lugar. Sentado en el desgastado banco, veía como sus amigos emplumados picoteaban el piso sin atisbos de saciarse, y él, sintiéndose cada vez más lejano a aquellos días de tribunales y disputas hogareñas, disfrutaba a plenitud estos pequeños momentos, simples, maravillosos, honestos. Dos bancos a su derecha un joven  de cabello negro, bastante largo, y que apenas sobrepasaba los veinte, le observaba con fijeza. Alberto llegó a verle con el rabillo del ojo al echarse atrás en su asiento. Le llamó la atención, pero no le preocupó: ya bastante preocupaciones absurdas había tenido como para que su tarde se echase a perder por la curiosidad de un extraño. Volteó a verle y le saludó con un ademán de la cabeza. El Joven respondió el saludo. Y cada cual a lo suyo, pensó Alberto que volvía a centrar su atención en las palomas que engullían a prisa. Sin notarlo, el joven apareció a su lado, de pie mirándolo. Alberto respingó y unas cuantas semillas escaparon hacia el suelo. ¿Cómo había llegado allí tan rápido? Y sin hacerse notar, como un fantasma que desaparece y reaparece a voluntad. El joven se sentó sin mediar palabra, siempre mirando al cada vez más sorprendido Alberto. El primer impulso fue pararse, sin sobresaltos, sin escándalos e irse de allí, pero no pudo, de golpe todo temor había desaparecido, como borrado mediante magia, en su lugar solo calma, y un sentimiento raro, con sabor a premonición. El joven le tomó el brazo, por encima de la camisa azul cielo y un estremecimiento sacudió a Alberto, paralizándolo, dejándolo a merced de aquel extraño. Su vista se clavó al frente, hacia un árbol con un hueco en el medio del tronco y de pronto la realidad se desgarró a jirones, como tela vieja, dejando al descubierto un mundo que no había imaginado jamás. En donde hasta hace nada había estado el árbol, ahora había un paisaje árido, sin verdor alguno, el suelo agrietado hasta el dolor y el aire enrarecido hasta hacerse irrespirable. Un riachuelo asqueroso, de color marrón-grisáceo corría contaminándolo todo a su paso. Osamentas de animales que Alberto no conocía ni conocería jamás, yacían entre montones de arena. Todo sonido había desaparecido y en su lugar un lúgubre silencio, el silencio de la muerte total, de la aniquilación definitiva. En su cabeza solo una voz, que suponía era de  aquel extraño que le sujetaba,   que contaba apesadumbrada: aquí vivía hasta que por nuestra soberbia, por nuestra desidia, todo lo que conocíamos murió. Alcanzamos un alto grado de tecnificación que acabó por arrancarnos las almas, por deshumanizarnos, y cuando nos dimos cuenta del error, ya nada podía hacerse, ni toda la tecnología pudo salvarnos ni salvar a nuestro mundo. Plantas, animales: todos muertos. El agua envenenada, los suelos inservibles y por último nosotros, muriendo uno a uno sin remedio. Solo unos pocos alcanzamos a huir de aquel infierno en transportes diseñados por los mismos expertos que hicieron caso omiso de las advertencias que señalaban la muerte  de nuestro planeta. Y ahora estoy aquí, en este sitio maravilloso en donde aun puede respirarse, beber agua de los ríos, y disfrutar de ver animales caminar y plantas mecerse al ritmo de la brisa. Pero el destino de ustedes es muy parecido al nuestro, y su planeta comenzó a morir.  Todavía hay tiempo. No hagan caso omiso a las señales del deterioro. Ya he mostrado nuestra tragedia a otros, que como tú, llevan por dentro la salvación de su mundo. Tienen tiempo: no lo desaprovechen. Alberto se asfixiaba por la falta de oxigeno en aquel lugar, hasta que sintió que la presión en su brazo cedió: lo había soltado. El mundo comenzó de a poco a recobrar su forma original y los colores regresaron más vívidos que antes. Una gran bocanada de aire para aliviar los pulmones, y el extraño ya no estaba. Las palomas seguían picoteando, los niños corrían como si nada y Alberto notó los ojos anegados, y escociéndole. ¿Qué había sido aquello? ¿Por qué él?. Apesadumbrado y sin miedo alguno tomó el saco del banco, se lo echó al hombro, se levantó y emprendió camino a casa, con lágrimas en estampida bajando por sus mejillas, sabiendo que algo dentro de si había cambiado. A lo lejos, el joven se acercaba a una mujer que leía a la sombra de un manzanero.

  

chirmonte1  Hay muchos trasnochados que aun niegan que el planeta está cambiando, y no precisamente para bien. Alegan que el cambio climático es algo periódico, que ya ocurrió antes y no mató a nadie (¿¡en serio!?) Que las campañas en los medios no son más que alegatos sin sentido y sin apoyo de la comunidad científica. Vale. Veremos entonces y esperemos no sea demasiado tarde cuando estos preclaros pensadores, que gobiernan a lo tonto el planeta, digan: ¡Oye! ¡cómo que era cierto!

El extraño

Arbolesmustios
Alberto estaba de vuelta en el parque, como ayer, como todos los días desde hace dos años, siempre en las tardes tras salir del trabajo. En sus manos la infaltable bolsa de semillas de girasol, que arrojaba a las palomas que se le acercaban cada vez con menos desconfianza. Gente caminando, parejas tomadas de la mano, niños chillando, riendo, corriendo tras pelotas, andando en bicicleta, despreocupados, felices, ajenos a todo.  El calor del verano era soportable gracias a la brisa fresca que se paseaba a sus anchas por el lugar. Sentado en el desgastado banco, veía como sus amigos emplumados picoteaban el piso sin atisbos de saciarse, y él, sintiéndose cada vez más lejano a aquellos días de tribunales y disputas hogareñas, disfrutaba a plenitud estos pequeños momentos, simples, maravillosos, honestos. Dos bancos a su derecha un joven  de cabello negro, bastante largo, y que apenas sobrepasaba los veinte, le observaba con fijeza. Alberto llegó a verle con el rabillo del ojo al echarse atrás en su asiento. Le llamó la atención, pero no le preocupó: ya bastante preocupaciones absurdas había tenido como para que su tarde se echase a perder por la curiosidad de un extraño. Volteó a verle y le saludó con un ademán de la cabeza. El Joven respondió el saludo. Y cada cual a lo suyo, pensó Alberto que volvía a centrar su atención en las palomas que engullían a prisa. Sin notarlo, el joven apareció a su lado, de pie mirándolo. Alberto respingó y unas cuantas semillas escaparon hacia el suelo. ¿Cómo había llegado allí tan rápido?

Y sin hacerse notar, como un fantasma que desaparece y reaparece a voluntad. El joven se sentó sin mediar palabra, siempre mirando al cada vez más sorprendido Alberto. El primer impulso fue pararse, sin sobresaltos, sin escándalos e irse de allí, pero no pudo, de golpe todo temor había desaparecido, como borrado mediante magia, en su lugar solo calma, y un sentimiento raro, con sabor a premonición. El joven le tomó el brazo, por encima de la camisa azul cielo y un estremecimiento sacudió a Alberto, paralizándolo, dejándolo a merced de aquel extraño. Su vista se clavó al frente, hacia un árbol con un hueco en el medio del tronco y de pronto la realidad se desgarró a jirones, como tela vieja, dejando al descubierto un mundo que no había imaginado jamás. En donde hasta hace nada había estado el árbol, ahora había un paisaje árido, sin verdor alguno, el suelo agrietado hasta el dolor y el aire enrarecido hasta hacerse irrespirable. Un riachuelo asqueroso, de color marrón-grisáceo corría contaminándolo todo a su paso. Osamentas de animales que Alberto no conocía ni conocería jamás, yacían entre montones de arena. Todo sonido había desaparecido y en su lugar un lúgubre silencio, el silencio de la muerte total, de la aniquilación definitiva. En su cabeza solo una voz, que suponía era de  aquel extraño que le sujetaba,   que contaba apesadumbrada: aquí vivía hasta que por nuestra soberbia, por nuestra desidia, todo lo que conocíamos murió. Alcanzamos un alto grado de tecnificación que acabó por arrancarnos las almas, por deshumanizarnos, y cuando nos dimos cuenta del error, ya nada podía hacerse, ni toda la tecnología pudo salvarnos ni salvar a nuestro mundo. Plantas, animales: todos muertos. El agua envenenada, los suelos inservibles y por último nosotros, muriendo uno a uno sin remedio. Solo unos pocos alcanzamos a huir de aquel infierno en transportes diseñados por los mismos expertos que hicieron caso omiso de las advertencias que señalaban la muerte  de nuestro planeta. Y ahora estoy aquí, en este sitio maravilloso en donde aun puede respirarse, beber agua de los ríos, y disfrutar de ver animales caminar y plantas mecerse al ritmo de la brisa. Pero el destino de ustedes es muy parecido al nuestro, y su planeta comenzó a morir.  Todavía hay tiempo. No hagan caso omiso a las señales del deterioro. Ya he mostrado nuestra tragedia a otros, que como tú, llevan por dentro la salvación de su mundo. Tienen tiempo: no lo desaprovechen. Alberto se asfixiaba por la falta de oxigeno en aquel lugar, hasta que sintió que la presión en su brazo cedió: lo había soltado. El mundo comenzó de a poco a recobrar su forma original y los colores regresaron más vívidos que antes. Una gran bocanada de aire para aliviar los pulmones, y el extraño ya no estaba. Las palomas seguían picoteando, los niños corrían como si nada y Alberto notó los ojos anegados, y escociéndole. ¿Qué había sido aquello? ¿Por qué él?. Apesadumbrado y sin miedo alguno tomó el saco del banco, se lo echó al hombro, se levantó y emprendió camino a casa, con lágrimas en estampida bajando por sus mejillas, sabiendo que algo dentro de si había cambiado. A lo lejos, el joven se acercaba a una mujer que leía a la sombra de un manzanero.

  
chirmonte1  Hay muchos trasnochados que aun niegan que el planeta está cambiando, y no precisamente para bien. Alegan que el cambio climático es algo periódico, que ya ocurrió antes y no mató a nadie (¿¡en serio!?) Que las campañas en los medios no son más que alegatos sin sentido y sin apoyo de la comunidad científica. Vale. Veremos entonces y esperemos no sea demasiado tarde cuando estos preclaros pensadores, que gobiernan a lo tonto el planeta, digan: ¡Oye! ¡cómo que era cierto!

Realidad que parece cuento. Viajé el infierno.

    "Mirad, yo os envío como ovejas en medio de lobos…" Mateo 10:16. Es así, como ovejas que caminan mansas hacia las fauces enajenadas de lobos hambrientos, que al parecer ha decidido comportarse un gran número de personas, sobre todo aquellas que son fieles seguidoras de cuanta religión milenaria o reciente hay sobre este remanso del absurdo que llamamos tierra. Hay quienes, sin remordimiento alguno, se aprovechan de la necesidad de creer en algo superior que en algún punto sentimos todos los seres humanos, (sí, todos, yo incluido) y nos venden paraísos a conveniencia e infiernos con lujo de detalles sin siquiera tener la certeza de la existencia de ninguno de los dos, o lo que es peor, muchas veces sin creer en ellos en realidad, tan solo por el afán de hacerse un hueco en el alma confundida de los fieles y adueñarse de a poco de su dinero, porque a fin de cuentas, si no es en manos de los "elegidos por Dios" para pastorear al rebaño, el dinero en poder de otros, es instrumento del mal.

    El párrafo anterior viene dado porque conmigo trabaja una mujer joven, cristiana evangélica para más señas, que hace tiempo viene intentando convencerme que su fe, creencia, o religión (ya no se como llamarla) es la única válida, la verdadera, la que me garantiza una asiento VIP en el paraíso si solo decido entregar mi conciencia y subastar mis valores, aceptando a su Salvador en mi corazón. Los que me conocen saben que respeto a todos por igual, que no critico las creencias de nadie, que no las comparto, pero tampoco las juzgo, que tengo mi propia versión del bien y del mal, del cielo y del infierno y que a quien llaman Dios yo decido no ponerle nombre, porque lo banalizo y porque caigo en el juego macabro de pertenecer a un sector determinado, sin poder ser bien recibido por otros de pensamiento diferente. No intento tampoco convencer a nadie que se una a la fe bajo la que fui bautizado (católica, por cierto), porque todos tenemos derecho a creer lo que queramos, o a no creer, que también es válido. Pero comencé a divagar y disertar sobre un tema harto delicado, lo que no era mi intención, me disculpo. Lo que quería era comentar lo que esta joven me dijo una mañana y que me sorprendió al punto de querer salir corriendo a esconderme debajo de algún sofá. Hacía poco había visto una película en la que una muchacha cuenta lo que vio durante su visita al infierno, sí, como se lee, esta niña de 18 años (edad que averigüé luego) murió, y al ir volando hacia el paraíso Dios la atajó y le preguntó: Pero ¿tu a donde vas?, al paraíso le respondió ella extasiada y el Señor le replicó: nada de eso, te voy a mostrar el infierno para que después de que te reviva, claro está, vayas y divulgues lo que viste y asustes a todos con tus descripciones. Y así sin más, la envió al averno, a donde mora el mismísimo Belcebú, en donde estuvo 23 minutos contados, tiempo tras el cual revivió y he ahí que comenzó a contar sus peripecias. La versión real no es así, es decir, la muchacha si murió y fue al infierno durante 23 minutos, es solo que hay que contarla con un tono más solemne, el mío es más, no sé, ¿irrespetuoso tal vez?, si lo es me disculpo de nuevo. O no. Sigamos pues.

    Tras escuchar la breve descripción que hizo mi compañera laboral, de una película que rozaba lo extravagante, decliné con amabilidad su ofrecimiento y seguí mi camino. El resto de la mañana transcurrió normal, lento, aunque con el tema de la peli retumbándome en la cabeza. Cerca de la hora de almuerzo me acerqué a la cocina a husmear sobre el menú del día, y ¡sorpresa! las dos jóvenes que cocinaban conversaban temerosas y persignándose sobre la misma película de la que había escuchado horas antes. Me sorprendí y me acerqué a ellas para averiguar un poco más. Lo mismo de hacía rato, una muchacha que murió y fue al infierno y lo contaba en una filmación supuestamente casera llevada a DVD. No resistí más y sin mediar palabra me fui directo a casa. Apenas entré saludé a mi esposa, le hice un breve resumen de lo que había escuchado, y sin más, me senté frente en la computadora para ver si internet me ayudaba a saber más sobre este tema de la niña hecha lázaro. En Google escribí "23 minutos en el infierno" porque era ese supuestamente el título de la dichosa filmación. Desfilaron un sinfín de resultados, pero a la cabeza de todos, y esto me llamó la atención, apareció el título de un libro. Abrí el vínculo señalado y en la página a la que fui redireccionado lo primero que se mostraba era la foto de un hombre de mediana edad, norteamericano, vendedor de bienes raíces, y que había escrito una obra literaria (perdonen los escritores que así la califique, aunque no la he leído) en la que narraba sus aventuras a través del infierno, al que llegó arrastrado por ángeles bajo las órdenes directas de Dios y que duraron eso, 23 minutos. ¿Coincidencia? No lo se. Leí un poco del resumen del libro, me aburrió y me salí de la página meditando acerca de lo que había encontrado. El incipiente escritor es, por cierto, cristiano evangélico, y ya debe haber salido su segundo libro sobre el mismo tema, aunque este es una especie de guía para aquellos que quieran saber más de lo que vio, escuchó y sintió en aquel lugar azufrado. Interesante me dije, pero no era lo que estaba buscando, ojee de nuevo los resultados de la búsqueda y llegué hasta Youtube, ahí estaba colgado (¿se dice así?) el tan cacareado video. Con prisa intenté abrir el vínculo, pero vaya, vaya, una iglesia evangélica se había hecho de los derechos de la peli, así que si quería verla, pues no me quedaba de otra que comprarla. Nuevo llamado de atención ante el tema. Me resigné a no poder comprobar por mi mismo de lo que hablaban las mujeres del trabajo. Me devolví a la página de búsqueda y encontré variaciones sobre el mismo tema, personas que mueren, se les muestra el infierno, y posteriormente reviven y cuentan sus travesías. Había una puertorriqueña, seis colombianos, dos ecuatorianas, tres salvadoreños, y un guatemalteco, todos tenían en común tres cosas: la primera era que habían tenido visiones apocalípticas desde el infierno al que llegaron tras morir, y que nos cuentan luego de revivir ¿?, la segunda es que todos pertenecen a diferentes ¿congregaciones? (perdonen, no se como llamarlas) de la misma iglesia y la tercera es que todos están lucrando con sus testimonios, si no ellos, al menos los pastores que les sirven de guía. Podría seguir hablando y dando ejemplos de esta epidemia religiosa que mata personas, las envía por el camino, en teoría al menos, equivocado, y luego las trae de vuelta a la vida. Eso sin contar a todos los que se creen Mesías y que vagan por ahí captando adeptos e intentando escribir nuevos evangelios.

    Ahora bien, el tema no es si creer o no creer en estos viajes al más allá con pasaje de ida y vuelta, el verdadero asunto radica en el manejo que se le da a este tipo de expresiones religiosas. Si tú vienes mañana y me dices que te secuestraron extraterrestres estando sentado en el inodoro, no tengo porque no creerte. Si tú mismo te lo crees, pues bien, que así sea. Yo creo que sin duda hay algo inmaterial que nos rodea, una fuerza más allá de nuestro entendimiento, si se le quiere llamar de alguna manera, bienvenido sea. Lo que no puedo aceptar es que en nombre de ese algo poderoso se pretenda influenciar hasta robarles la voluntad a aquellos que por necesidad o ignorancia acuden a las religiones organizadas buscando un camino que creen perdido, persiguiendo consuelo ante las vicisitudes, o tan solo intentando congraciarse con ellos mismos por la parte fea de su vida que les avergüenza. Además de todo lo señalado, es por demás indecente atacar al vecino de enfrente. ¿A qué me refiero? La adolescente a la que le mostraron el infierno (se llama Angélica, que oportuno), dijo haber visto en aquel lugar a varias figuras prominentes, entre ellos al Papa Juan Pablo II. ¿A qué suena eso? No soy defensor de los Papas, ni mucho menos, de hecho considero que son figuras netamente decorativas que atrasan a una religión que necesita renovarse con urgencia, amén de replantearse temas en los que están del todo desfasados. Pero de ahí a atacar de manera tan absurda y risible a un personaje tan influyente para más de mil millones de personas, hay mucha distancia. Que critiquen al Papa y al catolicismo en base a sus errores, vale, pero que demonicen a la competencia para captar seguidores es propaganda barata. Ojo, no pretendo atacar ninguna creencia en particular, es solo que los hechos son así, y no soy quien para cambiarlos. Otra figura que ardía en el infierno era Michael Jackson, y aquí sí que la cosa se pone surrealista, condenado a bailar por toda la eternidad. ¡Bueno, ahora sí esto ya es mucho! ¿Habrase visto mayor lugar común? Pregunto yo, John Holmes, el actor porno fallecido hace tiempo, ¿no estaba?, y si estaba, ¿lo habían condenado a qué? ¿Alguien adivina?

    No me quiero alargar en el tema porque llega la noche y me da miedo andar por ahí sin crucifijos ni ajos a la mano. No hay un solo camino a la salvación, o mejor aún, hay muchos, pero todos nos llevan al mismo lugar, así que porque no transitarlos juntos sin agredirnos ni menospreciarnos. Las religiones, y esto no es un secreto, son causantes de muchas guerras y persecuciones que han acabado con millones. ¿Vale la pena?

Ahora sí, ya para terminar, una pregunta: si muero y llegando al cielo Dios me detiene y me dice "te voy a mostrar el infierno" y luego, antes de revivirme me señala "ve y divulga lo que viste, difunde mi palabra" ¿está implícito que tengo que cobrar por llevar el mensaje, o debería ser gratis? Jesucristo, ¿cobraba entrada a los que querían escuchar sus predicas? Yo creo que no. Saludos y Paz.

38 Años

Soy sencillo, que no simple. Respeto a la gente que piensa, pero no a los que piensan que son gente. La mejor persona que he conocido fue mi madre: la Madre de todas las personas. Creo en Dios, pero no en los extremistas que en Su nombre crean grupos fascistoides a los que llaman “religión”. Pienso mucho y digo poco. Hago más de lo que debo. No tengo amigos, y si los tengo, quisiera conocerlos. Amo a mi esposa sin condiciones, sin tapujos, con sus mañas y ataques hipocondríacos, y al que no le gusta, que se joda. Me gustaría que me dijeran ¡Cuanto vales! en lugar de ¿Cuánto tienes? No me interesa hablar de gente que no lo vale. Tengo ideas radicales, pero radical es la vida que te mata y no te dice por qué. No me gusta la ciudad, mucho menos los que la convirtieron en lo que es. No pretendo ser escritor, solo transcriptor de ideas. Me gusta regalar pensando en el otro, pero me aburre sobremanera que me regalen tan solo por hacerlo. Lloro cuando quiero, no cuando debo, y siempre en soledad. Admito mis fracasos y he fracasado más de lo que quisiera, lo que me tiene en zozobra. Me gusta la tecnología pero me cuido de no perder mi humanidad en sus garras. Perdí la virginidad con una rubia en el asiento trasero de un escarabajo en movimiento, mientras el conductor ojeaba por el retrovisor, y de ella no recuerdo ni el nombre. Se me cayó el pelo pero no me importa: total nunca me gustó. Me creció la barriga y me siento mejor que nunca. Todos los políticos son idiotas, y la indecencia su “modus vivendi”. Preferiría ser leproso que militar. Siempre supe que mi perro era mejor persona que yo y lo extraño a rabiar. Me rio de la gente y me gusta que se rían de mi: no nos tomemos tan en serio. No bebo pero fumo; bailo más no canto. Me desagrada que me toquen en la calle, y más aun, cuando me hablan, ¡como si las ideas se hicieran más interesantes cada vez que te soban el brazo! Creo que Dios se está haciendo el desentendido últimamente. No me preocupa el Virus A, me preocupan los absurdos virus que caminan erguidos en dos piernas y que infectan cada espacio del planeta. Aborrezco las corridas de toros y también la cacería por placer. Soy enemigo de las armas de fuego y amante de las ideas. Siento en carne propia el dolor de los animales que padecen el rigor de la calle. Soy complicado, insolente, petulante y hasta grosero, pero aun así hay gente que me quiere… ¿curioso, no? No juzgo, y cada quién vive a su manera, eso sí, sin perjudicar a los demás. No me llames cuando me necesites, llámame cuando te necesite. A los que llamaron o enviaron mensajes en mi cumpleaños (aunque fuera efecto del Facebook) gracias mil; a los que no, da igual, nunca me interesaron tampoco.  Soy yo y punto.